Llega enero y como todos los años es tiempo de buenos propósitos para el año entrante: que si comenzar a hacer deporte, el lunes mismo empiezo la dieta, intentar no enfadarme tanto, hacer un viaje que llevo años planeando, ser más respetuoso con el medio ambiente, comenzar a reciclar, usar menos el coche,… sin duda todo un clásico estos días. Yo mismo me he puesto un objetivo en el blog, que es publicar al menos 2 entradas al mes y tengo la confianza de que podré cumplirlo.
¿Qué creéis que tienen en común todos esos propósitos? Pues desgraciadamente, se parecen porque la mayoría no pasa de ser simples promesas que no se cumplen. Siempre hubo una gran diferencia entre lo que uno “piensa hacer” y lo que “acaba haciendo” y cuando está en juego la salud de un planeta en el que habitamos, esto es peligroso.
Como ya comenté en post anteriores, somos una sociedad hiperinformada y continuamente recibimos muchísima información la mayoría de veces contradictoria, nos dicen que consumir es bueno porque reactiva la economía, más tarde nos dicen que consumir hace que nuestra huella ecológica crezca y ponga en peligro el planeta, que debemos cambiar nuestros hábitos de conducta, nuestro estilo de vida,… ¿demasiada información?
Tengo clarísimo que la mera información, por sí sola no consigue el objetivo deseado, que es el cambio de conducta, más bien puede producir esa ecofatiga de la que hablábamos en post anteriores que nos hace desconectar del problema, pensando que son temas que no nos afectan, que pertenecen a un futuro muy lejano y que no tienen impacto en nuestras vidas… mucha gente opina incluso que son problemas que han de resolver nuestros políticos a través de leyes… qué ilusos!!
Tranquilos, ya sabéis que este es un blog optimista y donde se buscan soluciones, ¿qué podemos hacer para luchar contra esa ineficacia de la información? ¿Qué os parece si la mezclamos con la EMOCIÓN?
Un ejemplo de esta pócima es la que está realizando la Doctora Rosemary Randall con sus “Conversaciones de carbono”, una serie de 6 sesiones en las que un grupo discute el tema del cambio climático desde un punto de vista emocional, poniendo énfasis en los valores y estilos de vida de cada integrante y que pretende conseguir cambios concretos de conducta. Escuchar, conversar y luego actuar.
En esos grupos de discusión se buscan los motivos que impiden determinados comportamientos proambientales y se aportan soluciones creativas para ese cambio de conducta, en palabras de la doctora Randall, “conversar sirve para encontrar soluciones y eliminar las resistencias”.
¿Creéis que puede funcionar?
De momento, además de conseguir que los integrantes tengan una información lo más objetiva posible sobre el problema, también hacemos que la gente se involucre y se sienta parte de las causas, los efectos y sobre todo las soluciones. No basta que las personas se sientan culpables, pues el miedo suele bloquear la conducta, sino que necesitamos un empujoncito a la acción pensando en cómo pueden contribuir al cambio.
Me siguen encantando este tipo de iniciativas que buscan innovar en acciones de educación y sensibilización ambiental, y si para ello es necesario fusionar información con emoción, mucho mejor, así que desde este modesto rincón: Gracias Doctora Randall.
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